lunes, 22 de marzo de 2010

"Esa cosa..."

Hace justo año, por estas mismas fechas, preparaba una despedida. Sí, después de casi cinco años de vida universitaria en Alicante, abandonaba el barco… para dirigirme hacia nuevas tierras aún por explorar…

Lo cierto es que quería irme a lo grande. Porque no miento si digo que llevaba años reflexionando acerca de cómo sería mi despedida, mis últimos días de convivencia con tanta gente con la que había compartido tantas cosas…

Así, que saqué del banco los pocos ahorros que aún tenia, y con ese dinero me dispuse a adquirir un buen “kit de fiesta”. Y fui al supermercado y compré unos cuantos cientos de latas de cerveza, más de una decena de botellas de ron y whisky, y muchas cajas de galletas y patatas (no daba el presupuesto para más). Lo complicado fue cargar todo esto. De hecho, me hicieron falta tres visitas en coche al carrefour más cercano, para poder transportar toda esta ingente cantidad de productos “festivos”.

Llené mi habitación con todo lo que había comprado, e invité a todos mis compañeros de residencia. Fue una semana exigente, incluso “dura”… porque los que hayan tenido alguna experiencia de este tipo, ya sabrán que estar de manera continuada durante ocho días de fiesta, es más complejo de lo que parece (una vez acabado todo, recuerdo haber permanecido una semana en mi cama…).

Pero valió la pena. Porque ahora recuerdo con agrado esas conversaciones en torno a la vieja mesa sacada de la basura que poseía, desayunando (aún sin dormir) "cerveza Carrefour"… además caliente, porque la diminuta nevera que compartía con mi compañero se había quedado pequeña ante el frenético ritmo de rotación de latas de cervezas que registraba.

También recuerdo como en esos días, la alfombra que tenia en mi habitación cambió de color, debido a la gran cantidad de vertidos de bebidas alcohólicas que se habían producido sobre ella. Y me acuerdo de cómo tuvimos que esconder mi guitarra, para que ningún amigo “en estado de máxima euforia” la destrozara.

Y rememoro ese último día en el que 60 personas se metieron en mi habitación (y alrededores…), y como cuando entré a mi cuarto de baño esa misma noche, me encontré a más gente fumando tranquilamente en mi ducha…

Pero por encima de todo, guardo recuerdos de buenas conversaciones con tanta gente… diálogos totalmente intrascendentes sobre la vida, las mujeres, la fiesta, el paso del tiempo, la política… coloquios que se alargaban horas y horas… que no conocían de días y noches… sino que se prolongaban más allá del amanecer… hasta finalmente fundirse con los cantos de los pájaros que anunciaban un nuevo día…

Cuento todo esto, porque esa semana final de marzo de 2009, fue inolvidable para mí. Y en este sentido, no deja de parecerme sorprendente una certeza: Si uno mira atrás en su vida, descubrirá que los mejores momentos no fueron aquellos supuestamente trascendentales, esas “grandes victorias”… sino que en realidad, los verdaderos “días de vinos y rosas”, de heroicas hazañas, fueron aquellos pequeños “instantes de sinceridad” compartidos con gente querida.

No muy lejos, en realidad, de aquello que oí en una ocasión, de boca de un personaje de una película argentina: “A veces pienso que las charlas sin importancia, en los lugares sin importancia fueron los momentos mas importantes de mi vida”

Son esos mismos pocos minutos, que de tanto en tanto se suceden en nuestras vidas…esos mismos instantes en los que los protagonistas de la “película” intentan, intentamos… coger con las manos “esa cosa” que revolotea por el ambiente, y que los “teóricos de la vida” llaman felicidad.

… Y los escasos afortunados que la “han visto”, asombrados… a los pocos segundos ya solo piensan en atraparla la próxima vez que se les aparezca delante….No obstante, todo es en vano, porque parece que “esa cosa” no conoce de jaulas, ni sabe de dueños ni de cazadores…

Para finalizar con mi disertación sobre “esa cosa…”, les dejo con una vieja leyenda árabe que leí hace tiempo, y que hoy me apetece compartir con ustedes:



- En el principio de los tiempos, se reunieron varios demonios para hacer una travesura. Uno de ellos dijo: "Debemos quitarles algo a los hombres, pero, ¿qué les quitamos?".

Después de mucho pensar uno dijo: "¡Ya sé!, vamos a quitarles la felicidad, pero el problema va a ser dónde esconderla para que no la puedan encontrar".

Propuso el primero: "Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo", a lo que inmediatamente repuso otro: "no, recuerda que tienen fuerza, alguna vez alguien puede subir y encontrarla, y si la encuentra uno, ya todos sabrán donde está".

Luego propuso otro: "Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar", y otro contestó: "No, recuerda que tienen curiosidad, alguna vez alguien construirá algún aparato para poder bajar y entonces la encontrará".

Uno más dijo: "Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra". Y le dijeron: "No, recuerda que tienen inteligencia, y un día alguien va construir una nave en la que pueda viajar a otros planetas y va a descubrir, y entonces todos tendrán felicidad".

El último de ellos era un demonio que había permanecido en silencio escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás.

Analizó cada una de ellas y entonces dijo: "Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren".

Todos voltearon asombrados y preguntaron al mismo tiempo: "¿Dónde?". El demonio respondió: "La esconderemos dentro de ellos mismos, estarán tan ocupados buscándola fuera, que nunca la encontrarán".

Todos estuvieron de acuerdo y desde entonces ha sido así: el hombre se pasa la vida buscando la felicidad sin saber que la trae consigo.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Sobre personas y canciones...

¿Se han dado cuenta que he cambiado el diseño del blog? Pues sí, queridos amigos y amigas… este no es aleatorio. La cuestión es que estoy en plena época de exámenes… el próximo lunes tengo uno… y es justo en esta época tan especial, cuando se suceden en la vida del “sufrido estudiante”, extraños fenómenos paranormales al más puro estilo “cuarto milenio”…

La obligación de tener que estudiar diariamente produce una especie de mutación, o de desarrollo de poderes sobrenaturales a lo superhéroe de Marvel, con extraños resultados… como que el estudiante sienta la necesidad de ordenar su cuarto, de hacer deporte de manera compulsiva, o incluso de llamar a un amigo del que hace cinco años que no sabe nada…

Todo, con el fin de buscar una vulgar excusa para no tener que estudiar, para engañarse a si mismo y no sentir remordimientos. Porque frente a sus hojas de apuntes uno descubre muchas verdades de la vida: Se da cuenta que ordenar la habitación no esta mal del todo, que dormir es una actividad infravalorada, que ir al gimnasio no es tan aburrido, que mirar al infinito es un pasatiempo entretenido… todo con tal de no hincar codos…

Total, que aquí estoy, con los apuntes en la mesa… y yo a una distancia prudencial, frente a la pantalla del ordenador… asumiendo que esta vez parece que me va “pillar el toro”, pero bueno… que quieren que les diga; a estas horas estoy ya muy harto de leer e intentar (importante matiz) memorizar una sucesión interminable de listas de características del dichoso periodismo especializado.

Así que me voy a dejar de cuentos chinos y de teóricos del periodismo… para divagar un poco y compartir con ustedes alguna que otra delirante reflexión. Mes y medio después, vuelvo a la carga, regreso otra vez al estatus de “Blogger practicante”.

Y voy a relatar una de las extrañas ideas que se me han ocurrido, hace un rato, mientras trataba de estudiar para el examen del lunes. Meditando, he reflexionado acerca de la importancia que tienen las personas que conocemos en nuestra vida. Porque sí, es obvio que hay algunos seres que cambian nuestra vida (para bien y para mal), pero lo curioso del tema es que incluso personas que no han afectado demasiado nuestra vida, dejan su huella en nuestra memoria. Al igual que las canciones. Reflexionando más sobre el tema, he llegado a la conclusión de que las personas son como las canciones. Puede sonar bastante descabellado, pero la verdad es que tienen sus puntos en común. Me explico:

- Hay canciones que las escuchas por primera vez y ya te gustan… hay personas que las ves por primera vez y enseguida te das cuenta que si no las conoces te estás perdiendo algo importante…

- Hay otras que las escuchas por primera vez y no te interesan, pero con el tiempo te acaban agradando muchísimo… con las personas pasa lo mismo, algunas no te “caen en gracia” al principio, pero luego se acaban convirtiendo en necesarias…

- También pasa lo contrario; acordes que te gustaron la primera vez… pero que te acaban por cansar pronto…

- Al igual que pasa con las canciones... nos aprendemos las melodías de la mayoría de personas que pasan por nuestra vida, pero, en verdad, de muy pocas sabemos las letras... conocemos de ellas lo justo para poder tararearlas, para poder tratarlas…

- Algunas son baladas, las hay clásicas, también de rock… otras dan directamente dolor de cabeza…

- Te alegran el día, te ponen triste, eufórico, melancólico…

- Algunas melodías son tan hermosas, que escuchar sus versos se convierte en toda una hazaña… y viceversa…

- Todas tienen su estribillo, sus temas de conversación… las hay que tiene un punteo de guitarra o algún acorde difícil de tocar…

- Las canciones y las personas “vuelven a nosotros”; Nos las encontramos mientras vamos al trabajo, caminamos en la calle, o subimos al bus...

- Tanto a las canciones como a las personas no les dedicamos el tiempo suficiente; Las escuchamos, casi siempre, a la vez que hacemos otras cosas… lo que nos impide comprender la verdad de sus letras y versos…


En fin, aquí acaba mi disertación sobre las canciones y las personas. Me voy con la "música" a otra parte. Sean felices. Muy buenas noches.

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