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lunes, 13 de diciembre de 2010

La felicidad, el vendedor de palomitas, y un cuento chino...

Entrada 41. Ya estamos en diciembre. Otra vez. Pues sí, como pasa el tiempo… esto da vértigo. La vida pasa delante de nosotros, y nosotros, a veces, perdemos mucho (demasiado) tiempo intentando descifrar sus misterios...

La vida, la muerte, la felicidad, el amor, el sufrimiento… no se si merece la pena pensar sobre ello, porque dudo mucho que se pueda extraer alguna conclusión razonable. En este sentido, ahora mismo me estoy acordando de una conversación que tuve hace un tiempo con una amiga; discutíamos sobre porque las cuestiones del amor tenían que ser tan complicadas.

Su razonamiento era el siguiente; Si todo fuera fácil y sencillo, todo seria demasiado aburrido… la vida carecería de la más mínima emoción. Y es que lo cierto es que una vida sin penas, es una vida sin ilusiones, ni alegrías… sin ninguna emoción… Algo así como convertir nuestra existencia en una larga tarde de domingo en la que no pasa absolutamente nada.

Pues sí, si todo fuera como lo planeamos y/o deseamos… la vida sería algo como ir al cine y que antes de entrar a la sala, el vendedor de palomitas le contara a uno todo lo que sucederá en la película que va a ver a continuación. Pues vaya gracia. Si sabemos de antemano todo lo que va a acontecer, no hay emoción, no hay misterio, ni magia, ni comedia, ni drama. Hasta las palomitas perderían su sabor…

En fin, no me voy a extender demasiado con mi reflexión. Al fin y al cabo, no creo que descubra nada nuevo, ni tampoco llegue a definir con absoluta certeza a que genero cinematográfico pertenece la vida... ¿Es acaso una comedia? ¿o un drama?... ¿una de suspense tal vez? ¿un film de terror? ¿una de amor?... ¿o quizás una tragicomedia? o tal vez todo junto y revuelto...

No me alargo más, así que les dejo con algo interesante que leí en Internet. Desconozco su procedencia (no me extrañaría que fuera una de esas supuestas leyendas orientales que rulan en los powerpoints adjuntos a los dichosos emails en cadena con los que saturan a diario nuestros correos electrónicos), pero la verdad es que me hizo pensar, y mucho. Buenas noches queridos amig@s.   


“Cuentan que un caminante llegó a un cementerio en las afueras de un pueblo. Cuando se acercó a la primera tumba, la lápida tenía grabado el siguiente mensaje: "Abdul Tareg vivió ocho años, seis meses, cinco semanas y tres días". El caminante se entristeció, pues pensó en la tragedia que la familia tuvo que haber pasado al perder un niño tan pequeño.

Luego se acercó a la siguiente tumba y leyó: "Yamir Kalib vivió cinco años, ocho meses, tres semanas y un día". Pensó: 

"¿Otro niño?". No podía comprenderlo. Seguidamente dio una mirada rápida a todo el cementerio y descubrió que todas las tumbas tenían grabadas edades que no pasaban de los 12 años. Estaba golpeado emocionalmente.
¿Qué tipo de desastre tenía que haber pasado en este pueblo para que murieran tantos niños? El guardián del cementerio, acostumbrado a las reacciones de los forasteros ante las tumbas, se le acercó y le explicó:
En nuestro pueblo tenemos una costumbre: a los 15 años todo joven recibe de sus padres una libreta para apuntar todos los momentos en que realmente fue feliz.
Al morir, se suman los momentos de la libreta en que la persona fue feliz y se inscriben en la lápida. Aquí creemos que el verdadero tiempo vivido es el tiempo en que fuimos felices"

lunes, 22 de marzo de 2010

"Esa cosa..."

Hace justo año, por estas mismas fechas, preparaba una despedida. Sí, después de casi cinco años de vida universitaria en Alicante, abandonaba el barco… para dirigirme hacia nuevas tierras aún por explorar…

Lo cierto es que quería irme a lo grande. Porque no miento si digo que llevaba años reflexionando acerca de cómo sería mi despedida, mis últimos días de convivencia con tanta gente con la que había compartido tantas cosas…

Así, que saqué del banco los pocos ahorros que aún tenia, y con ese dinero me dispuse a adquirir un buen “kit de fiesta”. Y fui al supermercado y compré unos cuantos cientos de latas de cerveza, más de una decena de botellas de ron y whisky, y muchas cajas de galletas y patatas (no daba el presupuesto para más). Lo complicado fue cargar todo esto. De hecho, me hicieron falta tres visitas en coche al carrefour más cercano, para poder transportar toda esta ingente cantidad de productos “festivos”.

Llené mi habitación con todo lo que había comprado, e invité a todos mis compañeros de residencia. Fue una semana exigente, incluso “dura”… porque los que hayan tenido alguna experiencia de este tipo, ya sabrán que estar de manera continuada durante ocho días de fiesta, es más complejo de lo que parece (una vez acabado todo, recuerdo haber permanecido una semana en mi cama…).

Pero valió la pena. Porque ahora recuerdo con agrado esas conversaciones en torno a la vieja mesa sacada de la basura que poseía, desayunando (aún sin dormir) "cerveza Carrefour"… además caliente, porque la diminuta nevera que compartía con mi compañero se había quedado pequeña ante el frenético ritmo de rotación de latas de cervezas que registraba.

También recuerdo como en esos días, la alfombra que tenia en mi habitación cambió de color, debido a la gran cantidad de vertidos de bebidas alcohólicas que se habían producido sobre ella. Y me acuerdo de cómo tuvimos que esconder mi guitarra, para que ningún amigo “en estado de máxima euforia” la destrozara.

Y rememoro ese último día en el que 60 personas se metieron en mi habitación (y alrededores…), y como cuando entré a mi cuarto de baño esa misma noche, me encontré a más gente fumando tranquilamente en mi ducha…

Pero por encima de todo, guardo recuerdos de buenas conversaciones con tanta gente… diálogos totalmente intrascendentes sobre la vida, las mujeres, la fiesta, el paso del tiempo, la política… coloquios que se alargaban horas y horas… que no conocían de días y noches… sino que se prolongaban más allá del amanecer… hasta finalmente fundirse con los cantos de los pájaros que anunciaban un nuevo día…

Cuento todo esto, porque esa semana final de marzo de 2009, fue inolvidable para mí. Y en este sentido, no deja de parecerme sorprendente una certeza: Si uno mira atrás en su vida, descubrirá que los mejores momentos no fueron aquellos supuestamente trascendentales, esas “grandes victorias”… sino que en realidad, los verdaderos “días de vinos y rosas”, de heroicas hazañas, fueron aquellos pequeños “instantes de sinceridad” compartidos con gente querida.

No muy lejos, en realidad, de aquello que oí en una ocasión, de boca de un personaje de una película argentina: “A veces pienso que las charlas sin importancia, en los lugares sin importancia fueron los momentos mas importantes de mi vida”

Son esos mismos pocos minutos, que de tanto en tanto se suceden en nuestras vidas…esos mismos instantes en los que los protagonistas de la “película” intentan, intentamos… coger con las manos “esa cosa” que revolotea por el ambiente, y que los “teóricos de la vida” llaman felicidad.

… Y los escasos afortunados que la “han visto”, asombrados… a los pocos segundos ya solo piensan en atraparla la próxima vez que se les aparezca delante….No obstante, todo es en vano, porque parece que “esa cosa” no conoce de jaulas, ni sabe de dueños ni de cazadores…

Para finalizar con mi disertación sobre “esa cosa…”, les dejo con una vieja leyenda árabe que leí hace tiempo, y que hoy me apetece compartir con ustedes:



- En el principio de los tiempos, se reunieron varios demonios para hacer una travesura. Uno de ellos dijo: "Debemos quitarles algo a los hombres, pero, ¿qué les quitamos?".

Después de mucho pensar uno dijo: "¡Ya sé!, vamos a quitarles la felicidad, pero el problema va a ser dónde esconderla para que no la puedan encontrar".

Propuso el primero: "Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo", a lo que inmediatamente repuso otro: "no, recuerda que tienen fuerza, alguna vez alguien puede subir y encontrarla, y si la encuentra uno, ya todos sabrán donde está".

Luego propuso otro: "Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar", y otro contestó: "No, recuerda que tienen curiosidad, alguna vez alguien construirá algún aparato para poder bajar y entonces la encontrará".

Uno más dijo: "Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra". Y le dijeron: "No, recuerda que tienen inteligencia, y un día alguien va construir una nave en la que pueda viajar a otros planetas y va a descubrir, y entonces todos tendrán felicidad".

El último de ellos era un demonio que había permanecido en silencio escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás.

Analizó cada una de ellas y entonces dijo: "Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren".

Todos voltearon asombrados y preguntaron al mismo tiempo: "¿Dónde?". El demonio respondió: "La esconderemos dentro de ellos mismos, estarán tan ocupados buscándola fuera, que nunca la encontrarán".

Todos estuvieron de acuerdo y desde entonces ha sido así: el hombre se pasa la vida buscando la felicidad sin saber que la trae consigo.

jueves, 30 de abril de 2009

"Si trabajar se convierte en el fin último, dejamos de ser personas"

De muy interesante se podría calificar la entrevista al escritor y filósofo Antonio Fornés, que apareció ayer en la contraportada del diario ABC. El pensador nos invita a reflexionar y a cuestionarnos todo, muy especialmente, el actual modelo de sociedad basado en el trabajo. A continuación, paso a reproducir la entrevista:


Plantea usted un punto de arranque atractivo: «Somos como el péndulo de un reloj, nos movemos hasta la extenuación pero seguimos donde estábamos».
-Es uno de los elementos del mundo occidental: la barahúnda horrorosa del trabajo. Formamos parte de un engranaje, de una maquinaria. No paramos de hacer cosas, pero somos piezas sustituibles y no avanzamos hacia ningún sitio. Eso nos condena a la superficialidad, a ser banales; a llegar a casa cansados y no tener ni un momento para reflexionar. Y no nos damos cuenta de que realmente sólo somos seres humanos cuando dejamos de hacer cosas y pensamos. El conocimiento no nos va a hacer que ganemos más dinero, pero va a hacer algo más importante, que es transformarnos, y eso nos hace más dignos como seres humanos.

-Ilumine un poco más lo que propone.
-Siempre pongo el mismo ejemplo: érase una vez un pueblecito...

-¿Un cuento, o más bien apólogo con moraleja?
-Sigo... Allí hay una montaña, y los habitantes del lugar han dicho siempre que al otro lado de la cima no hay nada, pero nunca la han escalado. Hasta que un vecino se plantea «pues yo quiero comprobarlo», y se pone a ello, Pasa frío y calamidades, pero al final alcanza la cumbre y ¿qué es lo que ve?

-¡Que sí había algo!
-No, al contrario. Efectivamente, al otro lado de la montaña no había nada. Con lo que en realidad él y los del pueblo saben lo mismo, pero él no es igual que los demás: se ha transformado y ha crecido, tiene otra visión del mundo.

-Apela a cuestionarlo todo.
-La actitud del ser humano no debe ser la de contestarlo todo, sino la de preguntarse por todo. Escuchar todas las opciones y empezar un camino popperiano hacia el conocimiento, que sabemos que es un camino sin fin, pero por el que vamos marchando...

-En la práctica, no es fácil hallar ese recogimiento para filosofar.
-¡Al final, todos vivimos en la vorágine, tenemos hipoteca y no queremos ser ermitaños! Pero llega un momento en que debemos decir «basta», porque una vida que no sea reflexionada no merece ser vivida. Porque llegar a los 65 años, jubilarnos y comprobar que no hemos hecho más que trabajar...

-«Nacidos para pagar», en suma.
-Exactamente; pero eso es un vaciamiento tan brutal, una alienación tan salvaje, que no vale la pena. Es mejor renunciar a muchas cosas (aunque, ojo, es más fácil decirlo que hacerlo) y detenerse. Uno debería permitirse momentos de interiorización.

-¿La crisis nos ayudará a distanciarnos de esa pulsión estajanovista?
-¡Es que con la crisis oímos eso de que hay que trabajar más todavía, que hemos de llevar la jubilación a los setenta años! Y eso es tremendo. Si la crisis nos sirve para pararnos a pensar en otras cosas, perfecto, pero vemos un discurso que va en la otra línea, en la de «tengo que trabajar más», como si todo fuera entregar nuestra vida para que el sistema económico mejore. Cuando la empresa se convierte en el fin último, dejamos de ser personas.

-También desmonta en su libro no pocos tópicos contemporáneos, como el de la globalización.
-Porque viajo mucho y te aseguro que a la mayor parte de la gente del Tercer Mundo le encantaría ser globalizada. Hay una demagogia brutal sobre eso. Les insistimos en que nosotros hemos destrozado nuestra parte del planeta y en que ellos no deben hacer lo mismo. ¿Es que hay que negarles el aire acondicionado, si lo quieren?
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