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martes, 4 de diciembre de 2012

Sobre capitanes, charlatanes y demás criaturas de la noche...



Hubo un momento en el que  se me hizo muy difícil ser honesto conmigo mismo, y escribir lo que realmente quería escribir. No puedes dejar de pensar que el texto que estás creando va a ser leído por personas que conoces, y aunque sea inconscientemente, acabas escribiendo más para ellos que para ti mismo. Al final, acabas traicionándote. Y lo peor, es que muchas veces no eres consciente de ello. Simplemente, no lo puedes evitar.

En esas circunstancias, la esencia con la que había nacido este blog… la de combatir mi insomnio, y dar rienda a mi charlatanería infinita, se había perdido. Y en esas condiciones decidí abandonar el barco.

Hoy vuelvo al mar, dispuesto a surcar nuevos mares y océanos.  Me siento como uno de esos vetustos capitanes  que un día, después de muchísimo tiempo en tierra, decide embarcarse de nuevo rumbo a lo desconocido. En el fondo, el viejo capitán siempre supo que vivir en tierra firme era muy aburrido.

“A veces no hacemos cosas que queremos hacer para que los demás no sepan que queremos hacerlas” dice el personaje de Joaquin Phoenix en la, por otra parte, muy infravalorada película de Shyamalan “El bosque”. Lo mismo pasa con las palabras, y el problema es que a veces somos muy poco conscientes de hasta qué punto decimos (o no decimos) lo que los demás esperan (o no) que digamos.


En fin… un lío, como lo es la vida en general. Y sobre esos líos espero poder volver a escribir (Si Doña Pereza no lo evita). Hablando de personajes, parece ser  que el Señor Morfeo está tocando ahora mismo la puerta. Hoy lo hace pronto. Espero que me lleve a algún sitio interesante esta noche. Es muy caprichoso, pero sospecho que hoy se portará bien… me debe una.

Espero que también se comporte con ustedes, y no haga una de las suyas. Hasta la próxima. Buenas noches.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Para aquellos que sintonizan "teletecho"...

Juro que lo he intentado. Me he acostado, he cerrado los ojos y… sí, lo han adivinado… obviamente, no he podido dormir, porque si lo hubiera conseguido, estas líneas no existirían.

La verdad es que durante el día uno se puede distraer con cualquier cosa con tal de “no pensar” (curiosa expresión que se le asigna a una acción totalmente irrealizable, ya lo decía Descartes: “Pienso luego existo”). Mejor dicho, se tendría que decir, tratar de no pensar en lo que no se quiere o no se debe pensar. Sigamos con la disertación, que me pongo pedante…

Total, que con el firme propósito anterior, uno se pasa el día “haciendo cosas” (otra de esas extrañas expresiones sin sentido): viendo películas, hablando con la gente, tomándose unas cañas con los amigos, leyendo, trabajando (o por lo menos haciendo como que trabaja…), pero lo cierto es que hay un momento durante el día, en el que ya no te puedes volver a mentir a ti mismo, es el momento de “la verdad”; ese instante en el que nos es totalmente imposible inventar una nueva treta con la que lograr escapar de nuestros propios pensamientos, de nuestros verdaderos sentimientos…

Si, estoy hablando del momento en el que uno se acuesta en su cama y cierra los ojos esperanzado en que la luz de la conciencia se apague por unas horas… pero no, la bombilla sigue encendida… y por mucho que le des al interruptor, allí permaneces, con la única compañía del tic-tac del despertador en continúa cuenta atrás.

Es la ley de quien es aficionado al ocio nocturno (por llamarlo de alguna manera) y sintoniza “teletecho” con asiduidad; pasar la noche en vela acostado en la cama mirando el techo de la habitación (como si de la nueva televisión de plasma del salón se tratara), pensando… ¿o tendría que decir mejor, pensando que uno piensa?

Lo más curioso de todo, es que los “teletechos” son extremadamente caprichosos y no se dejan controlar por nadie. Sí, se rebelan contra sus dueños y emiten lo que “les da la gana”, ajenos a la voluntad y deseo de sus poseedores. Para muestra un botón; Mi “teletecho” aparentemente solo tiene un canal, que además emite el mismo programa una y otra vez, y sin anuncios… y eso a pesar de que luche con todas mis fuerzas por cambiar de canal, aunque lo re-sintonice para captar nuevas frecuencias, o incluso renueve una y otra vez las pilas del mando a distancia de mi cabeza.

En fin, este pobre insomne que aquí habla, les abandona, dispuesto a lograr la más épica y heroica hazaña que una persona pueda alcanzar en estas intempestivas horas de la madrugada: Apagar por fin el perverso “teletecho” y dormir como una marmota.

Buenas noches queridas bombillas y “bombillos”; Y recuerden, tengan mucho cuidado con los “teletechos”… quedan avisados.

martes, 12 de octubre de 2010

“La noche es más oscura justo antes del amanecer”

La noche tiene algo de mágica… no se si es por las estrellas, allí arriba sobre nuestras cabezas… o por el silencio solo roto por el murmullo de los grillos y el tic tac de un reloj…

Si tuviera que elegir un momento de la noche, me quedaría con los minutos que preceden al amanecer, cuando las sombras lucen más oscuras que nunca… aguardando que el alba se haga dueña de ellas, esperando la dulce melodía que cuchichea la mañana cuando se levanta revoltosa y juguetona arrojando sus primeros rayos de luz.

Es justo cuando la aurora está a punto de llegar... cuando los sentimientos laten más fuertes que nunca, quizás conscientes de que ahora les queda una noche menos. Es la irrebatible dictadura del tiempo, que continua su camino ajeno a todo, como lo hace el camión de la basura que recorre las calles de la ciudad que duerme tras el crepúsculo.

El tiempo, ese invitado tan extraño… cuantas veces hemos intentado detenerlo, como quien hace “autostop” levantando la mano con la inocente ilusión de que alguien decida parar. Pero no, el tiempo pasa de largo… ¿Cómo nos iba a ver si somos tan pequeños para él?... ¿acaso paran los trenes para que suban a ellos las hormigas?

Y cuantas veces hemos querido lo contrario, que el tiempo pase y se lleve nuestros escombros… como quien deja los muebles viejos delante del contenedor, anhelando que el camión de la basura pase y se los lleve a un lugar donde no poder volver a encontrarlos.

En fin, pasan las palabras y por mi ventana la noche se bate en retirada para volver a su madriguera, cansada ya de hacer guardia. Hasta mañana querida noche, descansa en tu madriguera, pero eso sí, prométeme que soñaras con los que mañana te volveremos a rondar en silencio, como siempre lo haces tú con nosotros... con tus fieles amantes. A veces gracias a ti las cosas se hacen más claras.

miércoles, 4 de agosto de 2010

... y pasaron 133 largas noches...

... Y 133 noches después la bombilla perdida volvió a hablar. He dicho noches, porque ya sabrán los viejos seguidores de este blog, que esta bombilla, de ser animal, seria murciélago… ya que las noches se las pasa en vela, fascinada por la romántica idea de soñar despierta mientras el resto del mundo lo hace dormido.

Pero lo cierto, es que aunque lleve 133 días sin publicar una entrada en el blog, eso no quiere decir que no haya escrito en todos estos meses. Muy al contrario, mis libretas están llenas de escritos que nunca verán la luz… y no lo harán por la simple razón de que hablan de sentimientos más o menos profundos; Son textos que no me atrevería a publicar nunca, porque me ruborizaría la sola idea de que alguien los leyera… y es que todos, en mayor o menor medida, tenemos nuestro “jardín secreto”… nuestra particular versión del edén, en la que conviven (a veces no tan pacíficamente) nuestros propios dragones, ogros y princesas.

Supongo que al fin y al cabo, es como la vida misma; Decimos muchas cosas… y callamos otras muchas. Para muestra un botón: Resulta curioso y ciertamente sorprendente, pensar que la cantidad de tonterías que somos capaces de decir (es un hecho totalmente probado que todos los mortales decimos tonterías), es solamente proporcional a la cantidad de cosas importantes que nos callamos por muy diversos motivos: A veces por no herir, otras por simple timidez, por inseguridad, por pensar que no es lo adecuado, por miedo a ofender, por no parecer prepotentes… tantas razones como palabras no pronunciadas…

Palabras que podrían, para bien o para mal, cambiar nuestras vidas… y que allí están, guardadas en lo más profundo de nuestros cajones… a veces reclamando a gritos salir, en otras ocasiones escondiéndose tímidas y recelosas en lo más profundo, aguardando quizás ser descubiertas por algún cazador… o esperando compungidas su momento de gloria, temerosas de agonizar lentamente en su lecho de muerte, victimas de su aciago destino.

Y por el contrario ¡extraña paradoja de la vida! cuantas palabras, llenas de nada, pronunciamos cada día… palabras ignorantes de si mismas… disparadas a quemarropa, sin miramientos… como quien lo hace con una escopeta de feria, o como ese aprendiz de cazador que descarga con furia su escopeta apuntando a ninguna parte… asustado, quizás, ante el peso de su fusil…

En fin, siempre me pasa… 400 palabras atrás, me disponía a hablar de un par de cosas que creía o consideraba interesantes, y he acabado disertando sobre otras que no guardan ninguna relación… como la vida misma… Lo que no decimos y tendríamos que decir… y lo que decimos, y no tendríamos que haber dicho.

Quizá la reflexión más acertada se la oí hace unos años a un compañero de primer año de residencia en Alicante; “Hablar, tendría que ser como conducir” me decía una noche de primavera… a lo que yo le replicaba “¿Cómo?”. Él, lo tenia muy claro: “Si, me refiero a que tendría que haber algo así como una especie de examen de carnet de conducir… si apruebas, puedes hablar… si el silencio es más interesante, pues nada, a callar... Ya verías, el mundo sería mejor” me decía muy convencido.

Me temo, viejo compañero, que si eso se llevara a buen puerto algún día, éste sería un mundo de mudos… un universo en el que la única voz que se escucharía sería la del silencio; Esa que a veces puede ser tan maravillosa… y otras, tan terrible. Me voy en busca de su compañía, a ver que me susurra esta noche. Buenas noches amig@s.

lunes, 22 de marzo de 2010

"Esa cosa..."

Hace justo año, por estas mismas fechas, preparaba una despedida. Sí, después de casi cinco años de vida universitaria en Alicante, abandonaba el barco… para dirigirme hacia nuevas tierras aún por explorar…

Lo cierto es que quería irme a lo grande. Porque no miento si digo que llevaba años reflexionando acerca de cómo sería mi despedida, mis últimos días de convivencia con tanta gente con la que había compartido tantas cosas…

Así, que saqué del banco los pocos ahorros que aún tenia, y con ese dinero me dispuse a adquirir un buen “kit de fiesta”. Y fui al supermercado y compré unos cuantos cientos de latas de cerveza, más de una decena de botellas de ron y whisky, y muchas cajas de galletas y patatas (no daba el presupuesto para más). Lo complicado fue cargar todo esto. De hecho, me hicieron falta tres visitas en coche al carrefour más cercano, para poder transportar toda esta ingente cantidad de productos “festivos”.

Llené mi habitación con todo lo que había comprado, e invité a todos mis compañeros de residencia. Fue una semana exigente, incluso “dura”… porque los que hayan tenido alguna experiencia de este tipo, ya sabrán que estar de manera continuada durante ocho días de fiesta, es más complejo de lo que parece (una vez acabado todo, recuerdo haber permanecido una semana en mi cama…).

Pero valió la pena. Porque ahora recuerdo con agrado esas conversaciones en torno a la vieja mesa sacada de la basura que poseía, desayunando (aún sin dormir) "cerveza Carrefour"… además caliente, porque la diminuta nevera que compartía con mi compañero se había quedado pequeña ante el frenético ritmo de rotación de latas de cervezas que registraba.

También recuerdo como en esos días, la alfombra que tenia en mi habitación cambió de color, debido a la gran cantidad de vertidos de bebidas alcohólicas que se habían producido sobre ella. Y me acuerdo de cómo tuvimos que esconder mi guitarra, para que ningún amigo “en estado de máxima euforia” la destrozara.

Y rememoro ese último día en el que 60 personas se metieron en mi habitación (y alrededores…), y como cuando entré a mi cuarto de baño esa misma noche, me encontré a más gente fumando tranquilamente en mi ducha…

Pero por encima de todo, guardo recuerdos de buenas conversaciones con tanta gente… diálogos totalmente intrascendentes sobre la vida, las mujeres, la fiesta, el paso del tiempo, la política… coloquios que se alargaban horas y horas… que no conocían de días y noches… sino que se prolongaban más allá del amanecer… hasta finalmente fundirse con los cantos de los pájaros que anunciaban un nuevo día…

Cuento todo esto, porque esa semana final de marzo de 2009, fue inolvidable para mí. Y en este sentido, no deja de parecerme sorprendente una certeza: Si uno mira atrás en su vida, descubrirá que los mejores momentos no fueron aquellos supuestamente trascendentales, esas “grandes victorias”… sino que en realidad, los verdaderos “días de vinos y rosas”, de heroicas hazañas, fueron aquellos pequeños “instantes de sinceridad” compartidos con gente querida.

No muy lejos, en realidad, de aquello que oí en una ocasión, de boca de un personaje de una película argentina: “A veces pienso que las charlas sin importancia, en los lugares sin importancia fueron los momentos mas importantes de mi vida”

Son esos mismos pocos minutos, que de tanto en tanto se suceden en nuestras vidas…esos mismos instantes en los que los protagonistas de la “película” intentan, intentamos… coger con las manos “esa cosa” que revolotea por el ambiente, y que los “teóricos de la vida” llaman felicidad.

… Y los escasos afortunados que la “han visto”, asombrados… a los pocos segundos ya solo piensan en atraparla la próxima vez que se les aparezca delante….No obstante, todo es en vano, porque parece que “esa cosa” no conoce de jaulas, ni sabe de dueños ni de cazadores…

Para finalizar con mi disertación sobre “esa cosa…”, les dejo con una vieja leyenda árabe que leí hace tiempo, y que hoy me apetece compartir con ustedes:



- En el principio de los tiempos, se reunieron varios demonios para hacer una travesura. Uno de ellos dijo: "Debemos quitarles algo a los hombres, pero, ¿qué les quitamos?".

Después de mucho pensar uno dijo: "¡Ya sé!, vamos a quitarles la felicidad, pero el problema va a ser dónde esconderla para que no la puedan encontrar".

Propuso el primero: "Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo", a lo que inmediatamente repuso otro: "no, recuerda que tienen fuerza, alguna vez alguien puede subir y encontrarla, y si la encuentra uno, ya todos sabrán donde está".

Luego propuso otro: "Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar", y otro contestó: "No, recuerda que tienen curiosidad, alguna vez alguien construirá algún aparato para poder bajar y entonces la encontrará".

Uno más dijo: "Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra". Y le dijeron: "No, recuerda que tienen inteligencia, y un día alguien va construir una nave en la que pueda viajar a otros planetas y va a descubrir, y entonces todos tendrán felicidad".

El último de ellos era un demonio que había permanecido en silencio escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás.

Analizó cada una de ellas y entonces dijo: "Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren".

Todos voltearon asombrados y preguntaron al mismo tiempo: "¿Dónde?". El demonio respondió: "La esconderemos dentro de ellos mismos, estarán tan ocupados buscándola fuera, que nunca la encontrarán".

Todos estuvieron de acuerdo y desde entonces ha sido así: el hombre se pasa la vida buscando la felicidad sin saber que la trae consigo.

sábado, 9 de enero de 2010

El pequeño grumete...

…Y el grumete se movía violentamente, jugaba con las sabanas mientras aguardaba que el Señor Morfeo le dominara. Pero parecía, que el duelo era desigual, que algo no estaba bien… y en la cabeza del joven se sucedían a gran velocidad miles de pensamientos.

Le daba vueltas a la conversación que había tenido con dos viejos amigos; Que mágicos eran los viejos tiempos; los días de vino caro, de maravillosos cuentos, grandes batallas, increíbles hazañas… aquellos en los que el agua sabía a vino, y el vino a elixir… y parecía que no era tan difícil multiplicar panes y peces…. y que los sueños llamaran a su puerta.

Era una de esas noches frías… en las que las farolas parecían no querer encenderse, en las que los viejos gatos intentaban resguardarse del frío como podían, en las que las sombras huían de sus dueños… mientras que las estrellas no se atrevían a salir…

El amanecer parecía mas lejano que nunca, porque el sol, rumoreaban los viejos del lugar; había huido muy lejos de allí… lo suficiente para que nadie lo encontrara, o eso decían. Era una situación curiosa; algo así como si un director de orquesta, asustado por lo mucho que desafinan sus músicos, hubiera echado a correr…

Y el joven aprendiz de marinero, enfrascado en sus dulces recuerdos, inquieto, nervioso… decidió levantarse. Fue a la "cocina" a beber un vaso de agua. Mientras mataba su sed, no podía dejar de pensar en su particular malecón de las horas perdidas y en encontrar la llave del baúl de los sueños oxidados.

Y eso a pesar de que algunos afirmaran que esa llave en realidad no existía; Decían que solo se trataba de un recuerdo vago de algo que nunca había sucedido, de alguna extraña especie de ilusión de esas que uno tiene cuando es muy niño.

La única luz que se divisaba en cielo, era la de los relámpagos… pero estos parecían ya viejos… como si no tuvieran la energía de antaño, y no fueran capaces de iluminar las caras de los pocos gatos que buscaban cobijo en esa oscura noche de invierno. Y tampoco tenían ya el suficiente brío para iluminar los castillos de cajas de cartón que levantaron un día sus dueños.

Malos tiempos para los buscadores de oro, para los humildes marineros… que no eran capaces de atisbar ningún faro, y ahora se preguntaban en silencio si quizás no hubiera sido mejor haber vuelto hace mucho tiempo al muelle desde donde zarparon… o ni tan siquiera haber empezado la travesía, y así, más cómodos, ver como eran otros los que naufragaban. Quizás el barco no era tan grande como pensaban cuando zarparon… más ahora, que todo parecía más grande, que los charcos se habían convertido en mares, y los mares se habían transformado en inmensos océanos….

Y el muchacho seguía allí, recordando los días de vinos y rosas, pensando en que todo era incertidumbre… nada estaba claro en esa extraña noche de tormenta en alta mar. Qué lejos quedaba ese puerto desde donde había partido… y a saber si encontraría algún día unos nobles marineros que le ayudasen a izar la vela…

En fin, era hora de volver a la cama. Y de soñar con preciosas princesas y extraordinarios magos inmortales. De imaginar como seria la resaca de los sueños. Quizás al día siguiente el sol brillara más alto que nunca en alta mar. Nunca se sabe que depara el mañana… Con esa esperanza se acostaba el grumete.

domingo, 18 de octubre de 2009

"La vida puede ser maravillosa"

He vuelto a las “andadas”. Sí, son las tres de la mañana y aquí estoy, con los ojos bien abiertos, en mi casa… y sin saber bien que hacer. Hoy he visto dos films… bastante dispares, eso sí: Por un lado, un clásico del cine, del maestro Billy Wilder, la magnifica “El apartamento” ¡que gran película!, y por otro, un icono del cine más palomitero y comercial, y sin ningún temor a equivocarme, una de las mayores “americanadas” que se hayan visto en la gran pantalla: “Top Gun”. Esa en la que Tom Cruise es un temerario piloto del ejercito del aire americano, que de paso enamora a su guapa “profe”.

Y después de esta doble sesión cinéfila, he saciado mi necesidad innata de polémica con media hora de debate de “La noria”, el ultra-sensacionalista programa de Telecinco conducido por Jordi González. Posteriormente, he apagado el televisor, he raptado a mi dulce guitarra, y me he dedicado a “chapurrear” música durante un buen rato.

Una vez hecho todo esto, me encuentro sin ganas de dormir, con la única compañía de la música del cantautor madrileño Quique González, y con la fascinante misión de dar muerte a las numerosas moscas que revolotean inquietas por mi habitación. Así que, sinceramente, no he encontrado nada mejor que hacer que compartir unas líneas con todos ustedes, queridos lectores de este humilde blog.

Decía, en la primera línea, lo de “las andadas”; Me refería a mi extenso currículum noctámbulo. Verán, en mis cinco años de estudios en Alicante fueron pocos los días en los que “visité” mi cama antes de las 5 de la mañana. Al contrario, me “vampiricé” gracias a distintos factores: La suerte de tener, en muchas ocasiones, un horario de clases generoso con los insomnes, y la compañía de otros “vampiros”, compañeros noctámbulos empedernidos, de esos con los que compartir entre cervezas, videos de Youtube, música variada, y un buen puñado de conversaciones costumbristas… unos cuantos amaneceres alicantinos.

Pero todo esto cambió con mi vuelta a casa, en la que hice un “reajuste” de horarios y empecé a tener el ritmo de vida que se le presupone a todo “buen hijo de Dios”. Al fin y al cabo, como siempre me repite mi madre “el mundo esta hecho para vivir de día y soñar de noche”.

Desgraciadamente, a estas alturas he vuelto a caer… la noche otra vez me ha ganado, me ha hecho un “jaque” en esta partida que juego contra ella, y como buen soñador que soy, vuelvo a soñar bajo el sol otoñal de estos días.

Es curiosa esta vida, y su imprevisibilidad. Uno se acuesta un martes cualquiera intentando vencer el insomnio y la desesperación que le domina por momentos, sin saber que hacer con su vida, pensando que está viendo pasar su juventud sin hacer nada que merezca unas líneas de este blog… y cuando parece que todo esta perdido, cuando uno se ve a si mismo como un miedoso y mediocre grumete que no tira hacia delante dándose ya por ahogado… pasa algo que no estaba en el guión de película: A la mañana siguiente le despierta el áspero sonido de un teléfono… y en esas le dicen que ha sido admitido en la carrera que siempre quiso estudiar, pero que por una cosas u otras, nunca pudo.

Y de la noche a la mañana todo cambia. Y a este servidor solo le queda proclamar a los cuatro vientos: ¡Bendita sea la imprevisibilidad del día a día! El levantarse una mañana cualquiera y no saber que le reserva ese, a veces caballero, a veces rufián, llamado Destino.

Después de todo, aquí estoy, reestrenando mi estatus de estudiante, tan solo 77 días después de haberme convertido en Licenciado. He inaugurando mi nueva condición de estudiante de Periodismo, voy a dedicar los últimos párrafos de esta entrada a hablar de Andrés Montes, locutor y periodista deportivo fallecido recientemente, que simplemente, no se parecía a nadie.

Lo cierto, es que Montes no dejaba indiferente a nadie. Por un lado, estaban sus defensores que admiraban su particular manera de narrar los partidos de baloncesto y fútbol, su peculiar estilo, los motes que dedicaba a los jugadores, etc. Por otro, sus detractores, aquellos, muchas veces puristas, que preferían una narración más clásica, rutinaria y austera.

Yo siempre fui del primer bando, de los que se divertía con sus comentarios, con sus apodos, con sus referencias a la cultura pop (era un gran cinéfilo y amante de la música). Siempre admiré a un tipo bajito y calvo, que con su sorprendente vitalidad, tenia la increíble habilidad de convertir un Togo- Corea del Sur de primera fase de un Mundial de Fútbol, en un partido vibrante y entretenido… y no me importaba lo más mínimo si se confundía con los nombres, o si no hablaba del planteamiento táctico de Togo… ¿Acaso alguno de ustedes sabría decirme el nombre de tres jugadores de la selección Togoleña?

En fin, a este servidor, la cama ya le susurra para que vaya a darle calor. Y en esta estrellada noche de sábado; mientras cientos de basureros patrullan la calle en busca de desechos, al unísono de las cientos de parejas unidas por don Alcohol que se besan a traición en algunos de esos templos de luz y trueno… y mientras la televisión no hace más que reproducir anuncios de televenta… el que aquí escribe solo tiene fuerzas para batirse en retirada hasta que la inspiración vuelva a visitarle. Y lo hace, como no podía ser de otra manera (y como lo hizo un amigo, lector de este blog, en un comentario de mi anterior entrada), entonando un último grito de guerra en homenaje al héroe caído; Pues no se olviden amigos que “la vida puede ser maravillosa”.
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