... Y 133 noches después la bombilla perdida volvió a hablar. He dicho noches, porque ya sabrán los viejos seguidores de este blog, que esta bombilla, de ser animal, seria murciélago… ya que las noches se las pasa en vela, fascinada por la romántica idea de soñar despierta mientras el resto del mundo lo hace dormido.Pero lo cierto, es que aunque lleve 133 días sin publicar una entrada en el blog, eso no quiere decir que no haya escrito en todos estos meses. Muy al contrario, mis libretas están llenas de escritos que nunca verán la luz… y no lo harán por la simple razón de que hablan de sentimientos más o menos profundos; Son textos que no me atrevería a publicar nunca, porque me ruborizaría la sola idea de que alguien los leyera… y es que todos, en mayor o menor medida, tenemos nuestro “jardín secreto”… nuestra particular versión del edén, en la que conviven (a veces no tan pacíficamente) nuestros propios dragones, ogros y princesas.
Supongo que al fin y al cabo, es como la vida misma; Decimos muchas cosas… y callamos otras muchas. Para muestra un botón: Resulta curioso y ciertamente sorprendente, pensar que la cantidad de tonterías que somos capaces de decir (es un hecho totalmente probado que todos los mortales decimos tonterías), es solamente proporcional a la cantidad de cosas importantes que nos callamos por muy diversos motivos: A veces por no herir, otras por simple timidez, por inseguridad, por pensar que no es lo adecuado, por miedo a ofender, por no parecer prepotentes… tantas razones como palabras no pronunciadas…
Palabras que podrían, para bien o para mal, cambiar nuestras vidas… y que allí están, guardadas en lo más profundo de nuestros cajones… a veces reclamando a gritos salir, en otras ocasiones escondiéndose tímidas y recelosas en lo más profundo, aguardando quizás ser descubiertas por algún cazador… o esperando compungidas su momento de gloria, temerosas de agonizar lentamente en su lecho de muerte, victimas de su aciago destino.
Y por el contrario ¡extraña paradoja de la vida! cuantas palabras, llenas de nada, pronunciamos cada día… palabras ignorantes de si mismas… disparadas a quemarropa, sin miramientos… como quien lo hace con una escopeta de feria, o como ese aprendiz de cazador que descarga con furia su escopeta apuntando a ninguna parte… asustado, quizás, ante el peso de su fusil…
En fin, siempre me pasa… 400 palabras atrás, me disponía a hablar de un par de cosas que creía o consideraba interesantes, y he acabado disertando sobre otras que no guardan ninguna relación… como la vida misma… Lo que no decimos y tendríamos que decir… y lo que decimos, y no tendríamos que haber dicho.
Quizá la reflexión más acertada se la oí hace unos años a un compañero de primer año de residencia en Alicante; “Hablar, tendría que ser como conducir” me decía una noche de primavera… a lo que yo le replicaba “¿Cómo?”. Él, lo tenia muy claro: “Si, me refiero a que tendría que haber algo así como una especie de examen de carnet de conducir… si apruebas, puedes hablar… si el silencio es más interesante, pues nada, a callar... Ya verías, el mundo sería mejor” me decía muy convencido.
Me temo, viejo compañero, que si eso se llevara a buen puerto algún día, éste sería un mundo de mudos… un universo en el que la única voz que se escucharía sería la del silencio; Esa que a veces puede ser tan maravillosa… y otras, tan terrible. Me voy en busca de su compañía, a ver que me susurra esta noche. Buenas noches amig@s.